La muerte en la comarca de San Andrés y Sauces: Fe, ritual y la última voluntad de María Liberata de Guisla

Iglesia donde fue enterrada María Liberata. Pertenece al Archivo General de La Palma (191). Restaurada y coloreada por Abraham T Díaz Abreu.

En la sociedad del Antiguo Régimen, la muerte no constituía un desenlace repentino o puramente biológico, sino un tránsito dilatado, ceremonial y profundamente colectivo. Como nos recuerda Horacio Concepción García en Los sueños de una Villa. Actitud ante la muerte en la comarca de San Andrés y Sauces, la existencia no se concebía como fracturas entre lo terrenal y lo trascendente; el mundo de los vivos y el de los muertos caminaban en una constante y estrecha interrelación. La muerte se <> y la preocupación por el destino del alma en el Purgatorio convertía al testamento en la herramienta jurídica y espiritual indispensable para garantizar la salvación personal y sostener el estatus social más allá de la vida terrena.

Escribir el testamento era, ante todo, un acto de preparación para el viaje supremo. La primera cláusula de estos documentos históricos no solía ocuparse del reparto de la herencia ni del deslinde de fincas, sino de la encomienda del alma a la divinidad, la elección del lugar de sepultura y el detallado encargo de los sufragios, misas de réquiem y mandas pías. A través de este aparato piadoso, el testador buscaba aliviar las penas del Purgatorio a la vez que descargaba su conciencia antes del juicio divino.

Este fervor por asegurar el amparo celestial queda reflejado en multitud de protocolos notariales de la comarca. Un claro ejemplo lo encontramos el 16 de agosto de 1595 en el testamento de Pedro González, natural del reino de Portugal y vecino de Los Sauces, casado con la hija de Juan Núñez. Pedro, encontrándose enfermo, dispuso de forma pormenorizada su último paso: ordenó ser sepultado en la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat, en la capilla que sus albaceas estimaran conveniente. Mandó decir una misa de réquiem cantada con responso y vigilia el día de su fallecimiento, seguida de los oficios del novenario cabo de año —al año de su fallecimiento— y un treintenario de misas en el convento de San Francisco. Pero, además, Pedro González manifestó una destacada filantropía y devoción: donó a la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat diez doblas de oro para su obra, destinadas a confeccionar un cielo de tafetán o damasquillo para los altares de la Asunción y del Buen Jesús; dejó ocho doblas y 24 libras de cera labrada a la cofradía del Dulce Nombre de Jesús (de la que había sido mayordomo), además de repartir limosnas a las ermitas de la Piedad, San Pedro de Las Lomadas y San Juan de Los Galguitos.

Siglos más tarde en el umbral del siglo XIX, volvemos a presenciar esta misma inquietud ante la trascendencia en una de las figuras más singulares y controvertidas de la comarca : María Liberata de Guisla y Salazar de Frías. Nacida en 1772 en el seno de la alta aristocracia insular, María Liberata arrastró en vida una reputación de mujer soberbia, aristócrata altiva e indomable de la que la memoria popular tejió la leyenda de haber sido <> — de eso ya hemos escrito — . Sin embargo, cuando redactó el testamento en la villa de San Andrés el 11 de febrero de 1806, en la víspera de su muerte a los 84 años y tras una larga vejez recluida en la cas de su hermano el marqués de Guisla, la vehemencia del personaje dio paso a una rigurosa solemnidad cristiana.

Frente a la vanidad que le atribuyeron las crónicas de la época, María Liberata exigió desprenderse de todo artificio pomposo en la hora decisiva. Dispuso en su testamento:

<<…mando que quando Dios sea servido llevarme sea mi cuerpo amortajado con la ropa que mis familiares y ahijada…diese…y no en hábitos que ni desecho por desprecio sino por reverencia, y porque considero quan indigno es mi cuerpo vestir tan respetables vestiduras y sea enterrado en la iglesia de San Andrés en mi Capilla y bóveda, evitando todo género de aparato y todo fecho que no sirva sino para vanagloria…>>

Pidió ser enterrada en la Capilla de la Victoria de la Iglesia parroquial de San Andrés —en cuya bóveda encintada en madera reposan hoy sus restos— y limitó sus honras fúnebres a las tres funciones de costumbre, ordenando repartir una fanega de trigo en pan para los pobres de la Villa como ofrenda.

Legó el Águila de perlas y oro que lucía la imagen de Nuestra Señora de la Concepción de la Villa de San Andrés, destinada a la misma Virgen desde tiempo atrás, además de entregar un relicario de San Antonio para la Virgen del Rosario y otro para encasquillar el rosario de corales de la dicha venerada imagen.

Los testamentos de Pedro González en el siglo XVI y el de María Liberata de Guisla en el XIX nos revelan que más allá de los estratos sociales o del carácter de cada individuo, la actitud ante la muerte en San Andrés y Sauces compartía un mismo lenguaje: el deseo de reconciliación, la búsqueda de la piedad comunitaria a través de la caridad y la fe inequívoca en que el acto final de la vida terrena no era más que la puerta de entrada al destino eterno del alma.

Fuentes documentales y bibliográficas
● Concepción García, Horacio. Los Sueños de una Villa. Documentos para la historia de San Andrés y Sauces (1559-1729). Ayuntamiento de San Andrés y Sauces.
● Hernández Martín, Luis Agustín. Protocolos de Gaspar Simón Silva (1582-1615). Ayuntamiento de San Andrés y Sauces.
● Pérez Morera, Jesús. La Villa de San Andrés Conjunto Histórico.
● Romero, Bernardo José. Protocolos Notariales. Testamento de María Liberata. 1806. Archivo General de La Palma.
● Fotografía de la Villa de San Andrés. 1895. Fondo FEDAC. Restaurada y coloreada por Abraham Tomás Díaz Abreu.

*Manuel Marcos Pérez Hernández, cronista oficial de San Andrés y Sauces

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