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Manual de subsistencia para una isla desierta
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Ni fu ni fa

 

El pasado domingo, 23 de febrero (¿les suena la fecha?), el pseudoperiodista "follonero" Jordi Évole armó la marimorena con un programa de televisión dedicado al fallido golpe de estado del 81, tan lejano en el tiempo y sin embargo aún tan presente en la memoria colectiva de media España. Tomando como referencia el experimento que en su día elevara a la categoría de mito el gran Orson Welles en la radio norteamericana (en 1938 convirtió La guerra de los mundos, de H. G. Wells, en la retransmisión de un ataque alienígena contra la Tierra), Évole hizo en La Sexta periodismo de ficción, vamos a llamarlo así, sobre una presunta trama organizadora del golpe del coronel Tejero. Para ello contó con la complicidad de reputados profesionales de la información y algunos cabecillas de la casta política española, lo que de entrada pudo desorientar a la audiencia, tal como se pretendía. El resultado fue una trola morrocotuda que enseguida, poco antes de la medianoche, sacudió las redes sociales con comentarios de todo tipo, desde el insustancial jijí-jajá hasta el exabrupto más amargo. Sin entrar en detalles sobre el contenido de esa adulterada "investigación" periodística en la que no faltaron entrevistas, coloquios y datos variopintos, hemos de reconocer que al menos parecía bien ensayada y bien editada. ¿Cómo, si no, hubiera levantado tanta polvareda? Lo cierto es que mucha gente picó el anzuelo siquiera durante el primer tramo de la emisión, sobre todo los televidentes jóvenes, acostumbrados a tragarse lo que les echen a través de una pantalla luminosa y por tanto muchas veces incapaces de discernir qué hay de bueno y qué de malo, qué de bello y qué de horrendo, qué de cierto y qué de falso en cualquier mensaje emitido por soportes electrónicos. Este aturullamiento colectivo se debe, sin duda, al exceso de consumo de imágenes y textos roídos por la urgencia, casi siempre volcados a granel por medio de redes sociales en ebullición.

A propósito, todo esto nos recuerda el caso recientemente vivido en algunos institutos de la isla en los que decenas y decenas de alumnos, siguiendo una falsa convocatoria que alguien "colgó" en cierta -incierta- red social, fueron a la huelga estudiantil en protesta por las embestidas del ministro Wert contra el sistema de enseñanza pública. Muy pocos se tomaron la molestia de confirmar si ese llamamiento concreto respondía a un proceso de lucha organizada o si por el contrario no era más que un bulo. Pues bien, pronto se supo que carecía de validez, había brotado "virtualmente" como una broma de mal gusto, no había más que fijarse en el carácter vago e informal de su difusión, y aun así conseguió movilizar a cursos enteros que, sin saberlo, más que repudiar la rácana y torticera política educativa del Gobierno, hicieron novillos. La simple aparición del mensajito bastaba para convencer a la muchachada de que había que dejar de ir a clase. Aparecía escrito allí, desde el seno de sus pequeños dispositivos, en medio del incontrolable flujo de mensajes compartidos porque sí, totum revolutum, con el silbidito de la aplicación "WhatsApp". ¿Qué otra prueba de veracidad se requería?

Volviendo al asunto inicial, más allá de la tomadura de pelo que supone su propuesta, puede que Évole haya intentado demostrar que la tele, por definición, funciona como una artimañana, un cepo, un hoyo donde aovan bichitos de todos los colores. También nos ha obligado a reflexionar sobre lo que los historiadores contemporáneos han escrito ya sobre el 23-F. ¿No quedarán en el aire cuestiones de fondo que plantear y responder? ¿Hay algo más que no sepamos los ciudadanos sobre aquel episodio y sus consecuencias? ¿Hemos de dudar permanentemente sobre las versiones oficiales de los hechos? Y, ojo, ¿hemos de creer todo lo que se dice en televisión?

A mí no me hizo gracia el falso invento del falso reportaje. Tampoco me incomodó. Ni fu ni fa. Estoy curado de espanto, la verdad, acaso porque sé desde hace años que la propaganda y la contrapropaganda política, las coartadas ideológicas, los mitos sociales y los prejuicios morales, incluso los de un showman que juega a relativizarlo todo, como el propio Évole, se filtran por cualquier grieta hasta formar un poso al pie de nuestra tele.

 

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