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Opinión
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El glamour de lo caduco

El invierno trajo la primera nevada a la cumbre de la isla de La Palma y con él, como si de un gran estreno de Hollywood se tratara, el glamour también llegó de su mano. Todos sin excepción querían subir hasta los dos mil metros de altura para ver la nieve de cerca, para hundir sus pisadas en el manto algodonado. Nadie quería quedarse en casa porque aquella era la oportunidad para que los más pequeños construyeran su primera figura de nieve o moldearan con sus manos las iniciáticas bolas  que lanzarían a cualquier mayor que se les pasara por delante, evidentemente sin titubear lo más mínimo. Por supuesto, de aquella incursión nívea casi todo el mundo dejaría constancia en sus perfiles de wasap… por ello ¡ay de aquél que no luciera su mejor pose para alardear! De estas incursiones sin duda las mejores versiones las cuentan los niños, porque al lanzarse a estas primeras experiencias llegan tan vírgenes que ni siquiera el barro que queda tras la nieve pisoteada es capaz de ensuciar sus ilusiones y sus más variopintas recreaciones. Tomo prestado de un niño para escribir estas líneas ese trocito de nieve que dice que cogió allá en la cumbre y que al llegar a casa metió en el congelador para conservarlo. Es ese instinto de querer preservar lo caduco lo que ejercita la memoria cuando rescata con facilidad vivencias que nos gustaron y nos marcaron de alguna forma sensacional o curiosa.  Es ese instinto de querer preservar lo caduco el que lleva a un poeta o escritor a tomar notas en cualquier rincón y sobre cualquier retal porque como un estallido fugaz si no escribe en ese preciso instante, esa idea se volatilizará enseguida o se la llevará la marea como a una concha más. El mismo instinto de conservar lo caduco es el que impulsa a los fotógrafos a captar la belleza de la naturaleza en su esplendor en cada estación del año. Los árboles de hoja caduca como los robles y las hayas crean tal gama de colores en otoño, que gozar del privilegio de pasear por un hayedo en esa época del año es como quedar sumido en un desbordante sueño luminoso y misterioso, del cuál se regresa aturdido y al cuál una vez de vuelta acudimos en nuestra inconsciencia para recuperar sensaciones que son bálsamos para emprender nuevas sendas. La caducidad aporta el sentido que la constancia a veces deteriora, la caducidad renueva las ansías de hábitos ya demasiado maníos, la caducidad y lo efímero desequilibran hasta al más establecido hastío para obrar milagros, para dar oportunidades a instantes renovables.

Las primeras poblaciones nómadas que habitaban la tierra se desplazaban buscando las mejores condiciones para establecerse durante temporadas en un lugar. Cuando las inclemencias del tiempo azotaban sus vidas, recogían todo aquello que poseían y partían de nuevo hacia lugares más acogedores y cálidos y que les brindaran todos aquellos alimentos que podían garantizarles su sustento vital. Paradójicamente la calidad de vida de muchos ha mejorado tanto que instaurados en el sedentarismo vital e hipotecados hasta la vejez, cuando llegan circunstancias climatológicas adversas (y puesto que nuestros hogares proporcionan todas las comodidades para sobrellevarlas desde dentro), nos lanzamos como aquellas poblaciones pero ¡no huyendo de las mismas! sino en sentido contrario: hacia ellas, en busca de aventuras que supongan una ruptura con nuestra habitual rutina. Sin embargo, como también los medios de transporte evolucionaron y prácticamente todo el mundo tiene coche hoy en día, en esa avidez de la instantánea más preciada o del trozo de nieve aún impoluto, cuando todas las familias entusiasmadas tras una larga subida plagada de curvas y nubes entre los pinares entrelazadas llegaron al Roque de los Muchachos, se encontraron lo inimaginable en la isla: un atasco en las alturas, ante la perplejidad (supongo) de todos aquellos que en el astrofísico trabajan.

Aún recuerdo la manera de ser pausada, la cadencia en el mirar y esa enigmática quietud  en las conversaciones con la gente que vive en el Pirineo de Lleida. Pueblos que conviven meses y meses con la nieve y cuya presencia a su vez les supone a muchos la forma de ganarse la vida. En ese caso la nieve supone una constante en sus inviernos, y resulta asombroso cómo el clima y el entorno es capaz de modelar aparte del paisaje el temperamento y el comportamiento de sus habitantes. Por casualidad esta semana cayó en mis manos una pequeña reproducción de la pintura titulada “Cazadores en la nieve“ del pintor Pieter Brueghel, en esta hermosa obra aparecen en un paisaje nevado dos cazadores acompañados por una jauría de perros. No dejo de pensar en cómo esos cazadores somos nosotros que a falta de animales que apresar, o frutos que recolectar, nos lanzamos a la caza de la nieve porque se posa tan solo unos días en un extraordinario despliegue de texturas y formas, y en este frenesí de querer salir de nuestro particular edén no nos podemos perder absolutamente nada de lo que pasa a nuestro alrededor (siendo depredadores de instantes). Paradójicamente en la nieve se vive tan lento que hasta la muerte resulta agónica, como en la película de Isabel Coixet “Nadie quiere la noche“, y atrapado en el hielo quedó el épico Endurance cuando trataba de alcanzar la Antártida. La nieve ha sido un medio inhóspito para el hombre, en cambio hoy resulta glamorosa como una diva.

Menos mal que el Ágave Cacozela dio esquinazo a los paparazzi de los fenómenos caducos gracias al estado de alarma y confinamiento, y cuando floreció tras 30 años el pasado mes de mayo de 2020 en el Jardín Botánico del Puerto de la Cruz de Tenerife, lo hizo en la intimidad y no bajo el acoso de cientos de miradas que hubiesen hasta espantado a los insectos agraciados con tal exclusivo néctar.

Cuando contemplo las manchas de nieve que aún resisten en las cumbres observo que tal glorioso pedestal donde se posa la nieve se lo brindan las crestas, las formaciones geológicas que tras millones de años se elevaron (por erupciones volcánicas ocurridas en el fondo oceánico) y que junto a otros procesos (erosiones, desprendimientos, fracturas…) consiguieron alzarse majestuosas sobre el paisaje. Es por tanto la constancia del tiempo la que le brinda soporte a los caducos sucesos. Y fue la constancia de los copistas la que hizo que sobrevivieran y llegaran hasta nuestros días las obras y palabras gestadas por filósofos, científicos, poetas, pensadores de las civilizaciones mesopotámica, egipcia, griega, romana, fenicia…; tal y como describe Irene Vallejo en su magistral obra “El infinito en un junco“. Del mismo modo que esos intermediarios desconocidos contribuyeron a conservar el legado del conocimiento, estas majestuosas montañas permiten sustentar la nieve en sus efímeras apariciones de invierno. Una gran parte de la humanidad nunca satisfecha con la medianía siempre alzará la mirada con osadía creyendo que la altura trae más gloria que el sendero que discurre por el acantilado o solo se encarama a las laderas del valle, sin embargo la génesis de cualquier hallazgo o cualquier morada implica tantos matices que cualquier protagonismo sería desmerecer la contribución del resto de elementos implicados.

Al menos, siempre entre tanta multitud habrá unos cuantos que explorarán otros senderos y tratarán de alimentar sus sentidos con la belleza más mundana pero no por ello menos extraordinaria, captando el decaer de las pitas tras su floración o el color reverdecido de la tabaiba tras la lluvia bendita que al fin los dioses descolgaron de su estanque celestial. Por fin oyeron los cantos de los tambores en los barrancos y los ruegos de las viñas, por fin la lluvia se apiadó de aquellos que con tanto esfuerzo aún trabajan la tierra para que sus frutos brinden tan deliciosos sabores a nuestro hogares y paladares. Aun así, sigamos orando para que siga lloviendo y las gotas por caducas, no se conviertan también en glamorosas musas.

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