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Opinión
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La herencia del perdón

Nacho Pastor, abogado.

En los relatos de la Guerra Civil suele imponerse una lógica inevitable: la de los bandos, la de las causas, la de los vencedores y la de los vencidos. Cada generación hereda, y escucha, un eco, una interpretación, que se pretende moral, sobre ese abismo. No obstante, en ocasiones, surge el testimonio de un actor en ese drama que es otro relato. No porque excuse el crimen, sino porque ilumina una verdad esperanzadora: que dentro del horror también puede albergarse la conciencia.

Recientemente pude leer en redes la entrada de un hombre que relataba el caso de su propio abuelo.

Su abuelo fue condenado a muerte por el Tribunal Militar franquista, en las causas judiciales incoadas tras la Guerra Civil. Se le imputaban diversos crímenes cometidos durante la contienda fratricida, en los que tuvo una participación directa como miembro de una oscura checa en Madrid. Estos hechos podrían ser narrados con la frialdad de un expediente judicial y eran de tal naturaleza que serían suficientes para condenarlo. Sin embargo, lo llamativo de esta historia no es únicamente los execrables crímenes y la condena posterior, sino lo que el abuelo del comentarista hizo después: redactó una carta dirigida a su pequeño hijo de seis años, en la que expresaba su arrepentimiento y pedía perdón, transmitiendo en esas líneas escritas desde la memoria, el corazón y la conciencia, valores de reconciliación.

Este gesto, en apariencia mínimo frente a unos años marcados por la violencia, pienso que está cargado de una fuerza moral irrenunciable. El arrepentimiento no borra los crímenes, ni el mal, ni el daño, pero introduce una grieta en el cruel relato y su fatalidad. Implica el reconocimiento de que la violencia no era un destino inevitable, sino consecuencia de la elección humana; y, por tanto, una elección cargada de responsabilidades, y por la que se debe responder.

De otra parte, esa carta, dirigida su hijo, contiene una verdad perenne: el hombre puede caer arrastrado por el fatalismo, por el odio, por la tribu y su lógica de guerra, pero en el interior de su alma, puede conservar un último espacio de libertad. Es en ese espacio en el que un ser humano, el padre que recibe la carta, y abuelo de quien comenta en redes su vivencia, decide qué legado deja. Es en ese momento, paradójicamente, donde sortea el sentido final de su existencia.

Resulta muy significativo que la carta no se dirige al tribunal, ni a las víctimas, ni pretende una justificación con la historia. Aquel hombre, ya condenado, no trató de construir una defensa jurídica, de todo punto estéril ante sus férreos juzgadores. Sus palabras se dirigen a un niño, a su inocencia. Esa carta esconde una confesión silenciosa: la guerra lo había transformado en alguien que no quería ser, y su legado póstumo era impedir que ese niño, su único hijo, heredara esa misma deformación del alma.

Y es aquí donde surge el milagro extraordinario. Su hijo recibe el mensaje de su padre fusilado y lo convirtió en la brújula de su vida. El hijo no cargó con la rabia y el resentimiento, y, por tanto, en deseo de revancha. Aquel hombre, cargado con el peso de culpa y el dolor, transmitió valores de perdón y reconciliación a su propio hijo. De esta manera, el nieto, muchas décadas después, no recuerda únicamente los crímenes de su abuelo (similares a los crímenes de otros abuelos en bando distinto) sino el arrepentimiento que lo siguió. No heredó la violencia, sino el deseo de romper con ella. Esto sugiere una idea fundamental: se pueden transmitir ideologías, pero también actitudes morales. Los nietos de aquellos combatientes, sanguinarios muchos de ellos, pueden heredar el odio, pero también, y esa es la lectura, pueden heredar la renuncia al odio. Y con esta fuerza moral se construye los cimientos sobre los que edificar la reconciliación. No con la amnesia, sino con la memoria purificada por la conciencia.

En estos tiempos en los que, por distintos, e interesados motivos, hay quienes tratan de reducir la Guerra Civil a un conteo de víctimas, sus culpables, y tribales consignas, testimonio como el que tuve la fortuna de leer, recuerdan que la tragedia fue real, el mal existió y campó a sus anchas, pero, con todo ello, el ser humano no sólo es su crimen. También es su arrepentimiento. Es este el momento de su última lucidez, que contiene una súplica de perdón.

De aquí podemos extraer otra reflexión: el perdón no sólo nace de los inocentes, también de los culpables que despiertan tarde su conciencia. Reconociendo la postergación, esa petición de perdón puede germinar. La carta de su abuelo, cargado de culpa, era cimiento y es también un puente, muy frágil, que atraviesa dos orillas, y que permite transitar desde el odio hacia el perdón y la reconciliación. Él sabía que su vida terminaba pronto. No hay salvación propia, pero intenta salvar la vida moral de sus descendientes

El nieto relata que su abuelo fue fusilado en los muros de la prisión. Las balas del pelotón secaron su vida, pero esa carta logró un milagro: interrumpir la cadena de odio. Este mensaje, recogido por el nieto, y que generosamente transmite, nos permite recordar que la violencia no debe tener la última palabra.

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