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Opinión
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Lazadas viajeras

Rutkowski, R (1978). La soga gastada [Óleo sobre lienzo]. Sala de Exposiciones Vimcorsa, Córdoba.

La Sala de exposiciones Vimcorsa de Córdoba hizo este verano una muestra retrospectiva de Rita Rutkowski, artista norteamericana residente en dicha ciudad desde finales de los años 50. Tuve ocasión de ver sus obras cuando fui a mi ciudad natal para compartir unos días con mis padres. Me llamó la atención el carácter y la personalidad de sus creaciones y especialmente me impactó una de sus obras: el lienzo titulado “La soga gastada” (1978) de la Colección de la artista. En ella, apenas una hebra resiste manteniendo la soga unida. Una soga que ocupa el espacio de sombra entre dos muros, ¿o es solamente uno que parece curvarse allí donde la soga se alojaba y fue deshilachándose? Me gustó la rotundidad de los tonos grises, azules y negros, sus luces y sombras, y no pude evitar imaginar el órgano del corazón con instersticios sombreados de igual forma y sogas gastadas, cuerdas roídas o rotas e hilos repletos de nudos diminutos imposibles de quitar tras tantos años. Me fascinó la alusión a la fragilidad a través del desgaste de la soga, la tensión que no solo soporta la cuerda de un extremo a otro sino también la presión que aguanta su grosor dentro de esa hendidura. Me vinieron a la mente todo tipo de relaciones o situaciones: la familia, los amigos, los amores, los destinos, los viajes… y agradecí que un solo lienzo pudiera transmitir tal cúmulo de emociones contrapuestas.

En la Torre de la Malmuerta de Córdoba el transcurso del tiempo y la intemperie van dejando huella en las piedras que conforman su torre octogonal. Bajo algún canalón se puede percibir el rastro del agua en los meses de lluvia. Cuando llega el verano y con más de cuarenta grados tu mirada se fija en este monumento, los regueros más oscuros permiten que te refresques recordando el musgo que el paso del agua iba creando meses atrás. De cómo lo sutil puede hallar su medio de expresión en la firmeza y en la resistencia de los siglos pasados, de esa idea quizá también partió el gran trabajo pictórico de la artista.

Aquí, a miles de kilómetros de Córdoba, en el Atlántico, también la fragilidad es capaz de dejar huellas imperecederas en el medio. Hace años, bajando caminando desde Los Llanos de Aridane al Puerto de Tazacorte, ya cuando estábamos en el último tramo del barranco de las Angustias me paré de repente junto a una roca que en su parte superior tenía grabada la silueta de la hoja de un árbol. La estampa que es capaz de grabar lo liviano en la robusta roca pudiera evocar ese refrán “más vale maña que fuerza”, pero es mucho más complejo, el trabajo de la constancia y de la confluencia de varios elementos al mismo tiempo es el que permite y favorece que algo que simplemente se posa deje una marca, que un hecho ocurra, o que una sola tira de la soga mantenga unidos sus extremos.

Tras catorce años yendo y viniendo de Córdoba a La Palma ya no soy capaz de delimitar de dónde parto, adónde arribo, si es que llego, vuelvo o me detengo de nuevo. Los viajes me resultan cada vez más imprecisos, como filamentos dispersos que voy recogiendo por el camino y trenzando, para quizá algún día, cuando la soga del cuadro se rompa por completo ya disponga de otra para agarrarme: y poder salir de la poza del río, o poder salir del mar cuando tantas piedrecillas en la orilla hacen que te duelan las plantas de los pies casi impidiéndote dar un paso más.

Retomando la exposición de la artista Rita Rutkowski me permito transcribir una de sus citas “la vida tiene coincidencias poéticas, algo que pasa de largo y luego vuelves a conectar con ello… Nosotros hacemos con los elementos visuales lo que los poetas hacen con las palabras; no aportamos sólo información, sino que sugerimos ideas”. Y fue precisamente lo sugerido por el lienzo lo que me llevó a encontrar y leer el poema titulado “Juego de Fuerzas” del libro de Poesía Completa de José Saramago: “Resiste aún la cuerda que se rasga/ Crujiendo entre los dos nudos que la rematan/ No huyó de ella la fuerza que disfraza/ Este romper de fibras que desatan./ Del nacimiento y muerte los polos veo/ En la distorsión que muestra la cuerda herida/ Contradictorio miedo, que es deseo/ De conservarla así y verla rota”.

De la sincronía entre la pintura y la poesía surge esta breve reflexión sobre la resistencia vital, el deterioro, la capacidad de sostén y la fragilidad. Seguir tirando de un extremo quizá la rompa, ¿y si tiráramos al mismo tiempo de sus dos extremos como en el juego de sogatira infantil?¿Qué pasaría? A veces aplicamos demasiada fuerza en ese único cabo que nos resta, a veces malgastamos demasiado tesón en intentar atar lo que simplemente no debiera estar amarrado, a veces una soga a punto de quebrarse puede ser la señal perfecta para recapacitar y repensar el presente. Detente frente a lo que sucede, frente al arte, la literatura, la música… y acércate a la cultura, la que dispensa otros planteamientos, otras maneras de concebir la existencia, la que disipa tus problemas al asomarlos a los conflictos del mundo. En esos viajes con la ventanilla abierta no solo dejas que el viento enmarañe tu pelo sino que creas la apertura necesaria para que fluyan las ideas, los contrastes, las sensaciones. Es lo que me sucede cuando viajo entre la isla y la península, voy haciendo lazadas que van interconectando lugares, personas, paisajes y pensamientos.

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