La celebración, esta semana, y por primera vez en el Parlamento de Canarias, de la Asamblea Plenaria de la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana (EuroLat) dejó una conclusión clara: Canarias tiene mucho que aportar al diálogo entre Europa, América Latina y el Caribe. No solo por su posición geográfica, sino por una historia compartida que ha convertido al archipiélago en un territorio de encuentro entre culturas, sociedades y generaciones.
Durante siglos, miles de canarios cruzaron el Atlántico en busca de un futuro mejor. Su huella permanece en países como Cuba, Venezuela, Uruguay, Puerto Rico y República Dominicana, y forma parte de una memoria colectiva que sigue viva a ambos lados del océano. Por eso, cuando hablamos de las relaciones entre Europa y América Latina desde nuestras islas, no hablamos de una cuestión lejana ni exclusivamente diplomática: hablamos también de nuestras raíces, de nuestras familias y de una identidad construida a través de los vínculos entre pueblos.
El vigésimo aniversario de esta Asamblea Parlamentaria ofreció, además, una perspectiva sobre cuánto ha cambiado el mundo en dos décadas. Desde 2006 hemos atravesado crisis económicas, una pandemia mundial, episodios de inflación y profundas transformaciones tecnológicas. La inteligencia artificial, la digitalización y las tecnologías emergentes están modificando nuestra sociedad a una velocidad extraordinaria, mientras desafíos como el cambio climático y la seguridad alimentaria exigen respuestas que ningún país puede afrontar de manera aislada.
En palabras del presidente del Componente Europeo Gabriel Mato: “En un contexto de crecientes desafíos geopolíticos, donde la democracia cada vez encuentra mayores obstáculos, es esencial que dos de los grandes bloques del mundo tengan un diálogo fluido, frecuente, y provechoso”.
Y aquí quisiera detenerme brevemente en una cuestión que considero esencial: el valor de la democracia y del parlamentarismo.
La principal conclusión es que necesitamos más cooperación y menos repliegue, más diálogo y menos desconfianza. Las relaciones multilaterales son esenciales para encontrar soluciones a problemas compartidos y para evitar que las diferencias entre países se conviertan en obstáculos insalvables. Los encuentros parlamentarios como EuroLat demuestran que el entendimiento sigue siendo posible cuando existe voluntad de escuchar, negociar y alcanzar acuerdos.
Pero estas jornadas también nos dejaron una reflexión que considero irrenunciable: la democracia no puede darse por garantizada.
La polarización política, la desinformación y el deterioro de la confianza en las instituciones constituyen desafíos que afectan a nuestras sociedades. En distintos lugares del mundo hemos visto cómo los principios de la democracia constitucional pueden debilitarse bajo apariencias que mantienen las formas, pero erosionan las garantías. Y esa es una advertencia que no deberíamos ignorar.
La democracia no consiste únicamente en celebrar elecciones. Exige respeto a la Constitución, independencia judicial, separación de poderes, pluralismo político y protección efectiva de los derechos humanos. Sin estos pilares, el poder corre el riesgo de dejar de estar sometido a límites y la libertad de los ciudadanos queda expuesta a decisiones arbitrarias.
Esta es una de las grandes lecciones que debemos extraer del momento que vivimos: no hay democracia sólida sin Estado de derecho, ni libertad duradera sin instituciones independientes capaces de garantizarla. La defensa de estos principios no puede depender de intereses coyunturales ni de quién ocupe el poder en cada momento. Es una obligación democrática que debe situarse por encima de las conveniencias partidistas.
Los parlamentos tenemos una responsabilidad fundamental en esa defensa. Somos la expresión del pluralismo político, el espacio donde las diferencias deben debatirse con argumentos y las decisiones públicas someterse al control democrático. Nuestra función no se limita a aprobar leyes. También consiste en fiscalizar a los gobiernos, garantizar la representación de la ciudadanía y preservar las reglas que hacen posible la convivencia.
Discrepar forma parte de la democracia; cuestionar su legitimidad o debilitar sus garantías no puede convertirse en una práctica normalizada. En una época marcada por los extremos y la desconfianza, reivindicar el diálogo no significa renunciar a las convicciones. Significa defenderlas dentro de unas reglas comunes que protejan a todos, con independencia de su ideología.
Desde mi responsabilidad al frente de la Conferencia de Asambleas Legislativas Regionales de Europa (CALRE), que reúne a 69 parlamentos regionales europeos, he podido comprobar el valor de la cooperación entre instituciones parlamentarias. Aunque CALRE y EuroLat operan en ámbitos distintos, ambas comparten una convicción: la democracia se fortalece cuando los parlamentos dialogan, colaboran y participan activamente en las decisiones que afectan a la ciudadanía.
La dimensión regional también tiene un papel relevante en las relaciones internacionales. La proximidad permite conocer mejor los problemas de las personas y compartir experiencias que pueden convertirse en soluciones útiles para otros territorios. Fortalecer los vínculos entre parlamentos significa acercar las instituciones a la sociedad y ampliar la capacidad de nuestras democracias para responder a sus necesidades.
La celebración de EuroLat ha servido, en definitiva, para reafirmar dos ideas que considero inseparables. La primera es que Canarias, por su historia, su posición atlántica y sus vínculos con América Latina, puede desempeñar un papel destacado en el diálogo entre continentes. La segunda es que ese diálogo debe sustentarse en valores compartidos y en el compromiso inequívoco con la democracia, la libertad y el Estado de derecho.
El balance de estas jornadas va, por tanto, más allá de los encuentros y los debates celebrados. Nos recuerda que la cooperación internacional necesita instituciones sólidas, que la convivencia democrática exige responsabilidad y que las relaciones entre pueblos solo pueden consolidarse sobre la base del respeto mutuo.
Canarias ha demostrado que su condición atlántica es mucho más que una circunstancia geográfica: es una oportunidad para conectar sociedades, acercar instituciones y contribuir a la búsqueda de respuestas comunes. Nuestro lugar en el mundo no debe medirse por la distancia que nos separa de los grandes centros de decisión, sino por nuestra capacidad para tender puentes y aportar soluciones.
Porque el Atlántico nos une, pero son el diálogo, la libertad y la democracia los que nos permiten avanzar juntos.
*Por Astrid Pérez, presidenta del Parlamento de Canaria y de la Conferencia de Asambleas Legislativas Regionales de Europa
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