Primeras noticias sobre la existencia de grabados rupestres en la isla de La Palma

Belmaco.

Los grabados rupestres llegaron a Canarias con los primeros pobladores bereberes, ocupando parte del espacio insular procesado como una adaptación al nuevo territorio. Enfrentarse a un espacio nuevo y limitado, una naturaleza diferente (geomorfología, volcanes, vegetación, especies animales…) pero con un mismo cielo, implicaba un nuevo modelo de aprendizaje que se abordó desde sus ideas preconcebidas; aquellas que viajaron en su mente.

La simbología fue una de las respuestas que sirvió para reinventar y dar sentido a un nuevo mundo. Son imágenes mentales que varían formalmente e invitan a interpretaciones dentro de una naturaleza culturizada.

En 1752, Domingo Vandewalle Cervellón descubre en una cueva del Barranco de Belmaco (Villa de Mazo, La Palma) dos piedras con grabados rupestres. Son los primeros petroglifos conocidos y descritos en Canarias y que habían pasado totalmente desapercibidos por los cronistas y viajeros. Viera y Clavijo los dio a conocer interpretando estos símbolos como que «no parecen sino unos puros garabatos, juegos de la casualidad o de la fantasía de los antiguos bárbaros».

Su hermano José A. Vandewalle Cervellón es el autor de la primera copia de los grabados, que le mostraría al también ilustrado obispo Antonio Tavira y Alamazán, que manifestó el desconocimiento de estos caracteres en las lenguas de las naciones cultas.

Según Viera y Clavijo, son dos lápidas que se ven perpendiculares al arco de entrada, en las cuales se registran unos extraños caracteres, grabados, al parecer, como con un buril, todos de un dedo de ancho. Una de estas piedras tiene cuatro varas de largo y tres de ancho, y la otra, siete cuartas de largo y de ancho, cinco.

El Calvario

Apunta el arqueólogo palmero Mauro Hernández que en septiembre de 1859, Antonio Rodríguez López envió una descripción de los grabados de Belmaco a la Real Academia de la Historia. El informe, emitido el 15 de julio de 1860 por A. Delgado, anticuario de la Academia, es contundente: «No podemos determinar a qué género de escritura corresponden, pareciéndonos signos convencionales, que solo pudieron conocer aquellos antiguos isleños, y que ningún punto de contacto tienen con otros monumentos de antiguas épocas y de diversos países».

Otra figura destacada del momento fue Antonio Rodríguez López, profesor y ensayista, destacado por su amplia labor periodística, precursor apasionado y divulgador de las costumbres y las formas de vida de los antiguos palmeros que en aquellos momentos se tenían. Fue conocedor e informante de algunas de las principales estaciones rupestres de La Palma.

El doctor Karl von Fritsch recorrió parte de las islas y publicó en 1867, en Alemania, los resultados de sus exploraciones científicas, entre las que incluyó la descripción de la cueva de Belmaco y sus grabados rupestres.

La Sociedad La Cosmológica y su Museo Natural y Etnográfico se fundan en Santa Cruz de La Palma. El 6 de noviembre de 1881 tuvo lugar la sesión preparatoria para la fundación de la futura sociedad y la inauguración del Museo de Historia Natural y Etnográfico que se produce el 23 de enero de 1887. Estos hechos van a marcar un hito en la investigación bioantropológica de la Isla al reunir un importante elenco de objetos indígenas, despertando un interés, sin precedentes, por conocer la cultura más antigua de la Isla, siendo parada obligatoria para los investigadores de entonces como Abercromby y Hooton, entre otros.

La cueva de Belmaco siguió siendo la referencia, aunque seguía manteniendo un uso doméstico histórico. A finales del siglo XIX, el antropólogo francés René Verneau la visitó anotando: «Cerca de Mazo existe un barranco célebre, el de San Juan de Belmaco. Allí es donde se encuentran dos rocas cubiertas de signos grabados… Las encontré cubiertas de madera y de materiales de todas clases. No podía quitar todo eso sin haber sido autorizado por el dueño. …Examiné y dibujé la bella cueva situada detrás de las dos rocas» (René Verneau, 1890).

En estos momentos se retoma el interés por los grabados rupestres con el descubrimiento de varios sitios con piedras talladas en Garafía. Antonino Pestana Rodríguez fue una de las figuras más sobresalientes en el ámbito cultural de La Palma. Participó en la creación de la Sociedad Cosmológica y fue director de su Museo de Historia Natural y Etnográfico y recopiló numerosa información histórica sobre la isla. Entre la información recuperada están las ubicaciones de algunas estaciones y algunos dibujos de grabados rupestres, entre ellos uno que recuerda a los existentes en La Zarcita, que viene a confirmar, según M.ª Victoria Hernández, que desde al menos 1926, o antes, ya se conocían estos petroglifos.

La Erita

Según Pedro J. de las Casas Pestana, en su libro La isla de San Miguel de La Palma, publicado en Tenerife en 1898, recoge: «Corrobora esta opinión el haber encontrado D. Antonino Pestana en el sitio llamado la Cruz de la Pasión, cantón de Galguen, jurisdicción hoy del pueblo de Garafía, otras líneas semejantes y con signos en todo iguales a los de Belmaco».

En 1889 se inician las obras del local, en el salón alto de la casa panera, en la calle de San Sebastián, que el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma concede a la Sociedad La Cosmológica para establecer la sede del Museo de Historia Natural y Etnográfico. Entre sus fondos se encontraba un canto rodado decorado con acanaladuras procedente de Velhoco (Santa Cruz de La Palma) y tres bloques de piedra con inscripciones ideográficas.

«Se conservan allí tres piedras planas de basalto en las que existen espirales incisas, cuyas improntas envié a la Academia. Tuve el gusto de hablar con el respetable y culto arqueólogo don Antonino Pestana Rodríguez, quién fué tan amable que me comunicó interesantes noticias, que extractaré. Díjome que en la villa de Garafía encontró muchas piedras con dibujos semejantes a los de la cueva de Belmaco, repitiéndose en el ellas la espiral, no presentando algunas nada más que esta figura; que estos dibujos están en piedras sueltas o en peñascos que se levantan poco del suelo; añadió que abundan en el sitio denominado El Calvario y que una de ellas tiene dibujos en las dos caras opuestas, enlazados por un signo trazado en el canto de la piedra. Supone el señor Pestana que tal vez El Calvario fuese un lugar sagrado y que esos dibujos, tan profusamente grabados en piedras, significan invocaciones a la divinidad, pues los guanches, como generalmente se llama aborígenes, rendían culto a Dios, al que llamaban abora. Dice también que, según le dijo un pastor, en las cumbres de La Caldera, en las inmediaciones de la fuente de Tajodoque, existe una cueva que tiene en lo alto dibujos parecidos a los de las piedras de Garafía, y en el piso de ella se encuentran trozos de gánigos» (Contribución al estudio de las antigüedades guanches. La Gaceta de Tenerife, viernes 17 de agosto de 1923).

Por último, Diego Jiménez de Cisneros, profesor, arqueólogo y escritor, llega al Instituto de La Laguna (Tenerife) alcanzando el cargo de vicedirector. También dirigió la Estación Meteorológica de Canarias, fue consejero del Cabildo Insular y teniente de alcalde de Tenerife. En esta estancia publicó algunos artículos, como Contribución al estudio de las antigüedades guanches (1923), donde recoge el “descubrimiento” de los petroglifos de la Erita, El Calvario y Tajodeque. Diego Jiménez Cisneros no fue el descubridor de estos grabados, pues ya eran conocidos por Antonino Pestana, entre otros, quienes le informaron de su existencia.

Estos primeros conjuntos rupestres fueron el primer museo al aire libre del imaginario de los antiguos habitantes de La Palma.

Miguel A. Martín González

Historiador y profesor

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