En la decadencia del franquismo, unos cuantos osados vinculados con la izquierda real de entonces -solo existía el Partido Comunista como punto de referencia- se lanzaron en la ciudad de Las Palmas a crear una publicación que abordara los numerosos problemas sociales de la sociedad insular. Especialmente en la isla de Gran Canaria existían conflictos de apariencia feudal, así las cuarterías del sur donde se cultivaba el tomate, un asunto que hablaba de la pobreza que apenas alcanzaba la subsistencia en los terrenos del señor Conde de la Vega Grande.
Los choques con la censura fueron constantes, y por ello la revista tuvo una vida corta, asfixiada por los expedientes y las frecuentes multas. Existió la publicación entre diciembre de 1969 y junio de 1972. Recuerdo visitar la redacción en la calle Torres, una calle lateral de Triana, y encontrar allí aquel ambiente de politización y aspiraciones democráticas. No podía ser de otra manera, ya que aquella modesta revista llegó a tener muchos seguidores y fue un referente claro de la lucha por las libertades.
En la universidad de La Laguna la revista circulaba de mano en mano, era casi una biblia. Aquella revista era el equivalente a Triunfo y Cuadernos para el diálogo, referentes de la intelectualidad de izquierda en el último franquismo.
Éramos veinteañeros con aspiraciones de hacer cosas en la vida. Colaboré más de una vez en ella con análisis de Cultura y Sociedad, y en sus páginas literarias se publicaron algunos relatos míos, dictados por la prisa de vivir, por la necesidad de ir contracorriente.
La revista se preocupaba por temas que no eran muy frecuentes en los periódicos, y por eso contribuyó a desarrollar la conciencia social y regional en las islas, lejos de los discursos triunfalistas. Una y otra vez se reclamaba un Estatuto de Autonomía que en aquella época parecía algo tan inverosímil como atrapar la Luna.
Pero fue calando la idea de una Canarias unida, con una perspectiva autonómica y democrática pocos años antes de la muerte del dictador. Esa mirada regionalista en la que entraban todas las islas y se anulaba el consabido enfrentamiento de las burguesías de Tenerife y Gran Canaria constituía toda una esperanza. Porque el pleito insular siempre pareció un freno a las aspiraciones del Estatuto de Autonomía. Y la burguesía de las dos islas capitalinas sabía mover los resortes de las ofensas mutuas.
Sabido es que Sansofé padeció numerosas multas y cierres. Aun así se llegó a los 118 números, algo histórico.
Según constata la IA, bajo la dirección inicial de Carlos de Yrissarri, y posteriormente de profesionales como Antonio Cabral Rodríguez, Ángel Rodríguez Quiroga, Alfredo Herrera Piqué y Manuel Hernández García, los principales periodistas e intelectuales que firmaron en ella fueron: Ángel Tristán Pimienta, José A. Alemán, Luis León Barreto, Faustino García Márquez -quien firmaba con el seudónimo de Pastino y hacía buenos chistes-, José Carlos Mauricio, Andrés Suárez Cruz, Agustín Quevedo, Agustín Millares Cantero, Andrés Sánchez Robayna y Jerónimo Saavedra, importante colaborador quien desde la revista propuso las líneas básicas del futuro Estatuto de Autonomía.
Pudiera sorprender la ausencia de firmas femeninas, pero en aquella época la mujer todavía no había conquistado su espacio en la universidad, en la cultura, en la creación.
Por reclamar el hecho diferencial isleño y la democracia, la administración le abrió siete expedientes sancionadores y le impuso nueve multas. La constante asfixia económica y administrativa terminó por clausurarla.
El semanario se convirtió en un símbolo de valentía que corría de mano en mano entre los estudiantes, conectando la realidad local con los movimientos obreros y el espíritu crítico internacional de finales de los años sesenta. El filólogo Nicolás Guerra Aguiar analizó su impacto en el libro «Sansofé: en defensa de la libertad secuestrada», editado con el fin de rescatar del olvido esta parte fundamental del periodismo canario.
















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