Todos los muertos

Una flor en la tumba de nuestro padre, una oración agradecida, un abrazo entre los vivos, los nombres de tantas buenas gentes en la memoria, la presencia cierta de quienes fueron ignorados incluso en su morir, un brindis por tanto vivido juntos. Mi hermana que pone la mano sobre la lápida, una palabra bien dicha, un silencio en su sitio, una luz encendida en el Santuario, una mirada a las otras tumbas, un dolor íntimo y pudoroso ante las últimas tragedias, una Pascua celebrada que es la de la humanidad entera, un compromiso por la vida de todos. Así vivimos el Día de los Muertos, de todos, todos, todos los muertos.

En 1927, el próximo año se cumplirán cien; Martin Heidegger publicó “Sein und Seit”, “El ser y el tiempo”, en el que dejó escrito que el ser humano “es un ser para la muerte”. Evidentemente, con esta afirmación, el filósofo alemán no pretendía ignorar el hecho de la vida, pero sí afirmar que toda ella, toda nuestra historia, no solo tiene un horizonte mortal, sino que es un ir muriendo continuado.

De algún modo, la virtud estaría, según Heidegger, en aprender a mantenerse firmes ante la muerte. Sería, a su juicio, el modo de retomar el control ante el vacío, con la propia fuerza y el propio yo. Hay varios intentos de diferentes analistas para tratar de explicar que la persona de la que se enamoró Hannah Arendt acabara dando su apoyo al nazismo, cuyas fuerzas SS llevaban la calavera de la muerte en su insignia.

Medio siglo después, en Guatemala, el periodista José Calderón Salazar escribió una carta reflexiva que comenzaba: “Dicen que estoy amenazado de muerte…”. Salazar se implicó con sus crónicas y su compromiso personal en la vida social y política de su país. Le amenazaron de muerte y, como tantos guatemaltecos, hombres y mujeres, también hoy, sufrió la persecución y el exilio.

El caso es que en mayo de 1978, la revista argentina Actualidad Pastoral publicaba el texto de Calderón Salazar bajo el título: “Amenazado de resurrección”. Es probable que el periodista hubiera leído a Heidegger. De hecho, en su texto exclama: “¿Quién no está ‘amenazado de muerte’? Lo estamos todos desde que nacemos. Porque nacer es un poco sepultarse también…”. Sin embargo, la causa para la que vivió Calderón fue siempre la vida: “Amenazado de muerte. ¿Y qué? Si así fuere, los perdono anticipadamente. Que mi cruz sea una perfecta geometría de amor, desde la que pueda seguir amando, hablando, escribiendo y haciendo sonreír, de vez en cuando, a todos mis hermanos, los hombres. Que estoy amenazado de muerte… Hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor…”.

En la transición del siglo pasado, el filósofo Byung Chul Han, premio “Princesa de Asturias”, publicó dos obras que nos sirven para nuestro escrito. En 1999, “Caras de la muerte” (en castellano se publicó en 2020), y en 2002, “Muerte y alteridad” (en castellano en 2018). Profundo lector de Heidegger, el profesor Han, sin embargo, marca claras distancias. Primero, porque frente a la mirada heideggeriana que entiende la muerte del ego como la muerte absoluta, Han propone el morir del ego como el puente más fuerte hacia la comunidad y la alteridad. Segundo, porque Han no cree que la virtud esté en mantenerse firmes, fuertes, frente a la muerte, sino en vivir con afabilidad la propia fragilidad, dejando morir cualquier pretensión de control que suscite nuestro ego. En tercer lugar, porque frente a la centralidad de la muerte y de la angustia que esta suscita como motor de la filosofía, Han propone la “natalidad”, la posibilidad de hacer nacer como la energía que mueve la vida humana y también la propia creación filosófica. En un resumen atrevido, Heidegger considera la muerte como la oportunidad para el autorretrato heróico y solitario del individuo; en dirección contraria, Byung-Chul Han considera a la muerte como la herida que nos obliga al éxodo de nuestro ego en amor, compasión y responsabilidad hacia los demás.

Ahora que estamos por celebrar la fiesta de los muertos, tenemos (en plural siempre) la oportunidad de dejar atrás el sentido individualista con el que miramos la muerte. No se trata de mi resistencia o mi claudicación ante ella, sino de ser afable con nuestra propia fragilidad y con la red que también teje la muerte con la vida. Todos los muertos, hombres y mujeres, anónimos o muy reconocidos, están incorporados a nuestras vidas y nuestras vidas, a su vez, a través de la muerte, se incorporan a las de las generaciones que nos precedieron, a las que vendrán y a toda la creación entera de la que emerge toda vida y toda conciencia.

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